Sea como sea, muchos profesionales han llegado al límite y están hartos. Hartos de oír la cantinela de que tienen que hacer permanentemente sacrificios siempre los mismos, para que se mantenga el estado del bienestar (?) y se vuelva algún día a la senda del crecimiento. Que la Administración explique ahora que pretenda recaudar 22.000 millones de euros en tres años a través del IVA a muchos les parece una broma de mal gusto. Disculpen ustedes, ¿a costa de quién? Pues lo que resulta éticamente deleznable es que pretendan hacerlo a costa de seguir abusando de los ‘justos’ –aquellos que como los peluqueros, regentan por lo general pequeñas y medianas empresas y se parten literalmente el lomo para sobrevivir– en lugar de pedirles cuentas a los ‘pecadores’: aquellos que nos han llevado a esta penosa situación que soportamos y que, en lugar de pagar por ello, da la sensación generalizada de que siguen yéndose de rositas. La cuestión de fondo es la más que dudosa validez de un sistema en que pervive la indefensión del individuo de a pie al comprobar cómo la clase política sigue de rodillas ante el poder financiero, mientras exprime de forma implacable a la ‘pobre’ ciudadanía a la que, presuntamente, debería proteger. Aquella máxima del mandatario servil con los poderosos al mismo tiempo que inflexible con los débiles parece hoy, tristemente, más patente que nunca.
Sin embargo, esta vez el peluquero está levantando la voz para decir basta. En las 72 horas que siguieron al ya infame viernes 13 de julio de 2012, cientos de profesionales de toda España han empezado a movilizarse y a expresar su indignación a través de foros y redes sociales. Internet, como en todas las recientes revoluciones modernas, está siendo el marco en que se está palpando con mayor impronta la creciente indignación general. Todos sabemos que tradicionalmente la peluquería no ha sido el sector cohesionado del ‘todos a una’. No obstante, y con la amenaza de los ’13 puntos’ en el horizonte del 1 de septiembre, en esta ocasión no existen dudas de la dirección en la que todos quieren remar. Gremios, asociaciones, firmas comerciales, peluqueros… todos han manifestado ya su preocupación por no dejar que hieran fatalmente a un sector que con la crisis sigue caminando, pero lo hace de modo renqueante: si en los últimos cuatro años la frecuencia de visita a los salones en España ha descendido alarmantemente, ¿qué va a suceder a partir del próximo otoño?
Tras el jaque de la Administración, la pregunta es, ahora mismo, por dónde empezar. De todas las ideas e iniciativas que se han dejado oír en las últimas horas, es indudablemente reseñable la intención de movilizarse de un número creciente de los más destacados profesionales peluqueros del país. Que algunos de los nombres más conocidos del sector se decidan a asumir la voz disconforme del colectivo de la peluquería española es, además de un acto de generosa valentía, una oportunidad para que la palabra de la profesión se oiga más fuerte y tenga más repercusión que nunca. Lejos de egos y divismos, cientos de peluqueros ya les han dado su apoyo a estas horas, dispuestos a alinearse a su lado.
Hoy, más que nunca, es hora de unirse y defender juntos la profesión más bonita que uno pueda soñar. No se trata de salir a la calle a destruir. Sino a preservar los valores de la peluquería, reclamar las condiciones justas y construirle entre todos un futuro mejor. La rebelión de las tijeras no puede ser violenta porque sería como traicionar la belleza que los profesionales crean día tras día en sus salones. La rebelión de las tijeras debería ser un símbolo de la propia virtud fascinadora de los peluqueros: dibujar una sonrisa de felicidad en las personas que pasan por sus manos. Porque eso, amigos míos, por muchos 13 puntos con los que parezca acabar el mundo, no va a morir nunca.
Nos vemos en el camino,
Sergi
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